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5-Salzburgo y la humedad.

 

Despedí Viena con mucho sol y algo de resaca de las jarras de anoche, desde las primeras luces fui buscando el río, todavía no había visto el Danubio, y lo encontré… empequeñece cualquier río que recordara. Lo acompañe durante un buen trecho, me costó darle esquinazo, pero Munchausen me esperaba.

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 Encontré un concesionario y trate de solucionar el problema de las bombillas, pero era fiesta nacional, todo cerrado. Me salvo la vida un tipo muy simpático del club del automóvil austriaco, me lo encontré en el concesionario cerrado y me guío hasta su taller, cambio las dos bombillas mientras yo le intentaba explicar la temática de la Expo08.

 Llegue al infierno de duchas gasificadas y cremaciones humanas. En este campo murieron unos cuantos españoles, de este campo salí con rencor hacia el ser humano, que entre estos muros institucionalizo el matar y vejar.

 

 

 

 

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Acorde con mi estado de ánimo, el tiempo fue a peor, de Munchausen salí con el traje de agua puesto, se me encharcaban las botas, se me empañaba el casco, apenas veía las indicaciones… la desesperación me llevo de nuevo a la autopista, hasta que circular se puso imposible, pare en un área de servicio, pero llovía con más fuerza. Me olvide del resto de la ruta, puse la directa, A1 hacia Salzburgo.

 

 La llegada a la ciudad alpina fue gris y húmeda, la búsqueda del hotel una odisea, calles cortadas, calles sin salida, vueltas a un polígono hasta dar con un hotel muy curioso, nuevo, limpio, joven, y con unos cuantos grupos religiosos. Congresos ecuménicos, diócesis pastorales, jóvenes y mayores rectos y sonrientes, propaganda religiosa y un motero empapado y con barba de dos semanas, no conseguía desprenderme de ese tufillo de convivencias…  Esquive la Biblia de mi habitación, ojee los orígenes del religioso que daba nombre al hotel, monte el tenderete de ropa mojada y me fui a la ducha.

 

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 Salzburgo discurre siguiendo el Danubio, apoyándose, literalmente, en las montañas que la rodean, no conseguí información turística en el hotel, un paseo por la ribera del río hasta alcanzar el centro histórico, ese día no me explaye por la ciudad.

 

Al salir del restaurante se me volvió a caer el cielo encima. La vuelta al hotel bajo la lluvia, pero sin cantar, acabo con las pocas prendas secas que me quedaban. Rece al patrón del hotel por el sol del día siguiente, ignoro a un agnóstico descreído.